Si hay un momento en todo el año donde Aracena tira la casa por la ventana y demuestra que es la capital de la Sierra, es a finales de agosto con nuestra Feria Grande. Para nosotros, los que hemos crecido correteando de pequeños entre las casetas del recinto ferial del Recio, la Feria es sagrada. Es el colofón del verano. Son cinco o seis días donde el pueblo entero cambia de ritmo: por el día la cosa empieza suave con el paseo de caballos y los enganches enganchando la hora del aperitivo en el Real, entre rebujitos, platitos de jamón ibérico del bueno y el sonido de las sevillanas resonando por todas partes. Y por la noche, cuando refresca esa brisa serrana tan fina que nos cae del Castillo, la portada encendida es como un imán. Aquí no hay distinción de edades; en la misma caseta ves a los abuelos echándose un baile, a los padres de cháchara con los amigos de toda la vida y a los chavales disfrutando hasta que los puestos de churros abren al amanecer. Es una semana de puertas abiertas, de abrazos con la gente que vuelve al pueblo y de puro orgullo cebollero.