Castillo-Mezquita de Almonaster la Real

Descripción

"Esta es, sin discusión, el emblema indiscutible de Almonaster, un auténtico crisol y síntesis de toda la historia de nuestro pueblo donde cada época ha dejado grabado su sello en las viejas piedras. Emplazada con toda la majestuosidad del mundo en lo más alto del cerro que corona el Castillo, la Mezquita se erigió durante el reinado de Abd al-Rahman III, a finales del siglo IX o principios del siglo X, destacando por el precioso arcaísmo de su mihrab. Según los estudios del arquitecto Alfonso Jiménez tras su restauración en 1975, el templo islámico se levantó totalmente de nueva planta, pero de una forma magistral: reutilizando como ""material de acarreo"" numerosas columnas y capiteles romanos de los siglos I y II, además de interesantísimos vestigios visigodos (del siglo V al VII), restos mudos de lo que debió ser un antiguo edificio monumental romano transformado luego en iglesia visigodo-cristiana con carácter monacal.

Siguiendo el más puro canon de la época califal, la Mezquita nos regala una sutileza omeya bellísima dividida en dos espacios: el sahn (el patio abierto para las abluciones) y el liwan (la sala de oración cubierta). Su oratorio es cuadrado (de unos 10,7 por 11 metros), con cinco naves orientadas hacia el muro de la qibla, cuyas arcadas de ladrillo apoyan sobre pilares de diferentes tamaños. En el centro de este muro se abre el mihrab, cúbico-semicircular y cubierto con bóveda de horno, flanqueado por un alfiz de ladrillo. El conjunto islámico lo completa su imponente alminar, que aún guarda la escalera original que sube sobre el machón central.

Tras la llegada de los cristianos en el siglo XIII, el espacio se adaptó construyendo un ábside (del que quedan los arranques de un arco triunfal románico) y pasó a llamarse en el siglo XVI bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción. Entre los siglos XV y XVI, los maestros mudéjares remozaron la estructura al estilo sevillano con ladrillo limpio, arcos escarzados, un porche y un aljibe, rematándose en el siglo XVI con el campanario, la sacristía y los azulejos del presbiterio. Un rincón que guarda en su interior tesoros sueltos como un ara funeraria romana, un dintel visigodo sobre la puerta y un epitafio paleocristiano que han resistido los golpes del tiempo y la naturaleza."

Información adicional

  • La iglesia antigua de moros: Aunque hoy nos parezca el nombre más normal del mundo, en un documento oficial de 1583 guardado en el Archivo General de Simancas, los propios escribanos de la época se referían a este templo con una mezcla de respeto y extrañeza llamándola literalmente la “iglesia antigua de moros”. Ya en el siglo XVI, los nuevos pobladores sabían perfectamente que pisaban suelo sagrado andalusí.
  • El panteón arqueológico del suelo: Cuando entres en la sala de oración y mires hacia el suelo y las esquinas, vas a alucinar. No hay que ir a un museo para ver nuestra historia; allí mismo tienes un ara funeraria de la época de Roma y piezas del cancel de una iglesia visigoda mezcladas de forma natural con los muros de mampostería y aparejo toledano. Es un puzle del tiempo que quita el sentido.
  • ¿Quieres un consejo?: Cuando subas al cerro, antes de entrar corriendo a la sala de oración, detente un buen rato en el sahn, el patio de las abluciones. Búscate un rincón donde sople el aire fresco de la sierra y quédate en silencio mirando cómo el sol del mediodía se cuela entre las arcadas de ladrillo y rebota en las columnas romanas. La luz que entra allí a esa hora crea una atmósfera mística y recogida que te hace entender a la primera por qué los omeyas eligieron este sitio tan alto para conectarse con lo sagrado.
  • El "Cuarto de los Moros" y los suspiros del aljibe: En el siglo XVIII se levantó en el conjunto una estructura conocida por los viejos de Almonaster como el “Cuarto de los Moros”. Cuenta la leyenda que los constructores de esa época cavaron cerca del viejo aljibe mudéjar y despertaron las almas de los antiguos guardianes califales que defendían la fortaleza. Dicen en el pueblo que el agua del aljibe, que durante siglos calmó la sed de soldados y monjes, se volvió tan mística que si te asomas a su brocal en las noches más frías del invierno serrano, no escuchas el goteo del agua, sino los ecos de los rezos del antiguo imán de la mezquita y los suspiros de los que tuvieron que abandonar su querida fortaleza omeya cuando cambiaron los tiempos.
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