Para nosotros los de aquí, cuando se va acercando el 24 de agosto, el cuerpo ya nos pide fiesta. San Bartolomé no es solo el patrón; es la excusa perfecta para ver volver al pueblo a todos los que tuvieron que irse fuera a trabajar.
Esos días las calles huelen a cal limpia, a albahaca, a chacina fina de la buena y al orujo de las madrugadas. Aquí la fiesta no se ve desde la barrera: cuando el Santo sale en procesión y las campanas se vuelven locas repicando, a más de uno de los viejos se nos salta la lágrima.
Entre los bailes de la danza tradicional, la charanga por la mañana despertando hasta a los piedras, los cañoneos de cerveza al mediodía y el ambiente en la plaza por la noche, son tres o cuatro días en los que en el pueblo no duerme ni el gato.